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Una tarde en el parque Herastrau de Bucarest

viernes, 21 de agosto de 2015

vuelos a Bucarest

Cuando se viaja a una capital o una gran ciudad, es probable que se lleve a cabo un programa de visitas muy intenso, capaz de agotar al más ambicioso. Por eso, de vez en cuando, conviene hacer un descanso y dedicar una tarde, por ejemplo, a relajarse de tanto museo y de tanto monumento.

Es puede cumplirse perfectamente en el siguiente caso. Los vuelos a Bucarest son la puerta de entrada a una urbe llena de sitios interesantes: iglesias como la de la Patriarquía, Stavropoleos o Kretulezsku; museos como el de Música, el Cotroceni o el Nacional de Historia; lugares como el Ateneo, la calle Lipscani, la Aldea o el Arco del Triunfo; palacios como el del Pueblo o la Curtea Veche…

Agotador. Por eso el céntrico parque Herastrau puede servir para evadirse un rato. Se trata del pulmón de la ciudad, con 130 hectáreas de superficie arbolada, grandes bulevares, elegante vegetación en forma de setos y flores, jardines, fuentes y estatuas, aparte de equipamientos como una biblioteca, dos teatros y varios pabellones de usos diversos.

Inaugurado en 1936 tras desecar y acondicionar un pantano cenagoso, aún tiene un lago central de casi un kilómetro cuadrado por el que navega un barco en paseos panorámicos y reman los aficionados a ese deporte. En invierno se hiela y entonces es el turno de los patinadores. Claro que de patinadores no anda escaso el sitio, pues en verano es habitual ver grandes grupos de ellos sobre ruedas, avisando de su paso a los peatones y ciclistas (se alquilan bicis) mediante silbatos. También hay canchas de baloncesto y tenis.

Más tranquilos son los ajedrecistas, que juegan sus partidas en mesas ad hoc mientras otros paseantes hacen un alto en las terrazas, quizá escuchando a algún artista al aire libre. Quien lo prefiera atechado tiene un popular Hard Rock con la espectacular parafernalia decorativa de la cadena.

De los rincones mágicos aún sin nombrar del parque cabe destacar el bello jardín japonés, la avenida de cariátides y el curioso monumento en honor de la Unión Europea, con bustos de sus presidentes. Claro que por estatuas no será; es difícil avanzar unos metros sin ver alguna, sean de gran tamaño, sean más pequeñas, algunas con formas de animales que hacen la delicia de los niños (y de sus padres, cámara en mano)

La que es la mayor zona verde de Bucarest fue también elegida para albergar el Museo de la Aldea, una especie de parque temático del jmundo rural rumano donde se pueden ir viendo los diferentes modelos de vivienda campesina del país; todas son originales, llevadas allí tras un complejo proceso de desmontaje y remontaje. Son nada menos que 340, ocupando 12 hectáreas.

Imagen: ChristianChirita en Wikimedia, CC BY-SA 3.0 ro

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