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El singular castillo de la neoyorquina Isla Pollepel

lunes, 20 de agosto de 2018

Nueva York es una ciudad que presenta al visitante una lista inacabable de sorpresas y visitas. Algunas son tan inevitables como conocidas (Estatua de la Libertad, Empira State, Central Park, Metropolitan…) pero siempre hay quien prefiere desmarcarse de estos sitios y buscar rincones insospechados, alejados de los puntos turísticos masivos. En ese sentido hoy podemos sugerir salir del casco urbano y viajar unos 80 kilómetros al norte (una hora aproximadamente) hasta la inaudita Isla Pollepel, también conocida como Bannerman.

Es un pedazo de tierra se unos 26.000 metros cuadrados de rocosa superficie que está situado en el río Hudson y cuyo nombre tiene un origen incierto, pues unos lo atribuyen a su significado en holandés (cuchara de madera), puesto que fueron exploradores de ese país quienes descubrieron el lugar, mientras que otros hablan de una mujer llamada Polly Pell que vivió allí. Antes había sido un punto estratégico durante la Guerra de la Independencia y George Washington mandó instalar allí una prisión, aunque no consta que se llegara a hacer.

Lo que sí hay es un desconcertante castillo. No se trata de arquitectura medieval, claro, sino del que construyó un inmigrante irlandés llamado Francis Bannerman, que arribó a EEUU en 1854 siendo niño, y se enriqueció con el negocio de compra de excedentes militares de la Guerra de Secesión para su reciclaje en otros productos, sin contar el material que adquiría y revendía a coleccionistas. Bannerman se instaló en la isla en 1900 porque necesitaba un sitio aislado donde almacenar las municiones.

Aparte del almacén, que albergaba 30 millones de cartuchos, también construyó un castillo como residencia. Muy vistoso, según diseño propio, para que de paso sirviera de reclamo. Bannerman falleció en 1918, antes de que el edificio fuera terminado. No llegó a serlo nunca porque en 1920 los explosivos guardados explotaron y destruyeron buena parte del complejo. Fue el principio del fin de la empresa, por otra parte muy limitada por las nuevas leyes. Tres décadas más tarde, el transbordador que cubría la distancia entre la isla y tierra firme se hundió, condenándola al olvido.

La compró el estado de Nueva York en 1967 pero apenas dos años después se produjo un devastador incendio que arrasó lo que quedaba del maltrecho arsenal y del castillo, quedando apenas el esqueleto de lo que fue. No obstante, las ruinas siguen siendo curiosas y pueden observarse al pasar en tren (Metro-Norte). Poco más, ya que no se puede acceder porque de vez en cuando se caen trozos. No faltan propuestas para tratar de salvar lo que queda pero, de momento, el sitio continúa agonizando. Literalmente, pues en 2015 se registró allí un homicidio.

En suma, si alguien planea tomar un vuelo a Nueva York y desea buscar algo diferente que hacer o regresar con una historia indudablemente única, aquí tiene una idea.

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