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De excursión a ver los molinos holandeses

martes, 9 de octubre de 2018

Si hay un icono turístico capaz de identificar Ámsterdam es el molino de viento, que pese a ser un ingenio utilizado en muchos países se ha asociado a Holanda por conservar varios modelos de época en buen estado. De hecho, los de la provincia de Kinderdijk están protegidos como Patrimonio de la Humanidad desde 1997 pero hay un alrededor de un millar repartidos por el territorio nacional y que hoy sirven para atraer curiosos cámara en ristre.

El más antiguo es del siglo VIII pero de agua. Los de viento se introdujeron posteriomente, unos cinco siglos más tarde. Obviamente, resultaría imposible verlos todos pero constituyen un referente tan fuerte que se organizan excursiones en circuito desde la capital para ver los más significativos. También se puede hacer esa ruta molinera por cuenta propia, claro está. Sea cual sea la opción que se escoja, hay que tener claro que se necesario seleccionar.

Una propuesta de itinerario es salir por la mañana en dirección al entorno rural y hacer un primer alto junto al río Zaan, en Zaanse Schans, donde se congregan varias casas de hace quinientos años y junto a ellas varios molinos antiguos; son los supervivientes de los casi seiscientos que hubo antaño, pues allí había un centro de producción lechera, quesera y minera, entre otras cosas, de cuyo recuerdo se ocupa una serie de museos sobre oficios artesanos.

Pero hay otras opciones. Una de ellas sería acercarse hasta la citada provincia de Kinderdijk, cerca de Róterdam, donde hay nada menos que diecinueve molinos dieciochescos en plenos pólders, entre diques, esclusas y puentes; dos de ellos son visitables por dentro y hacen hoy funciones de museo. Otros cinco están en Schiedam y se los considera los más grandes del mundo al superar los cuarenta metros de altura. En otra época eran una veintena y servían para moler cereal y, de paso, fabricar un tipo de ginebra local denominada jenever.

También es museo el que se encuentra en Schermerhorn; forma parte de un grupo de once, situados en una zona desecada del lago Schermer porque su uso era precisamente el de drenar el agua y evitar así inundaciones, para lo cual llegaron a construirse cincuenta y dos. La humedad reinante en el paisaje explica el porqué de los típicos zuecos holandeses, que en Schermerhorn son uno de los souvenirs habituales.

Así que, a la hora de reservar un vuelo a Ámsterdam, ya tenemos otra cosa que apuntar en la agenda y con la ventaja de combinar espectacularidad, cultura e historia.

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