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Admirando el faro mallorquín de Portopí, el tercero más antiguo del mundo

viernes, 7 de diciembre de 2018

Ahora que empieza un fin de semana largo, con puente para los más afortunados, quizá sería un buen momento para plantearse improvisar un vuelo a Palma de Mallorca y disfrutar tanto del suave clima del Mediterráneo -sobre todo ahora que tenemos ya encima el inicio del invierno- como de la isla entera, algo rebajada de turismo -y, en consecuencia, más tranquila-.

De Mallorca hay mil y un maravillas que reseñar para una visita, incluso en estas fechas en las que la playa no es una opción prioritaria. Está, por supuesto, la capital, donde aguardan atractivos como la catedral, el Castillo de Bellver, los Baños Árabes o el Palacio de la Almudaina, entre otros. Pero también hay rincones sugerentes en otras partes del territorio insular, como las cuevas de Artá o del Drach, el Tren de Sóller, los pueblos pintorescos (Valldemossa, Deiá, el citado Sóller…), la Sierra de Tramuntana, etc.

Lo que proponemos hoy es acercarse a ver el tercer faro más antiguo del mundo que, sí, está en la costa mallorquina. Concretamente en el puerto de Palma, en el barrio que le da nombre: Portopí. Mide 41 metros de altura y emite dos destellos de luz blanca cada 15 segundos que alcanzan hasta 22 millas náuticas en horario nocturno. No obstante, para un turista lo que realmente tiene interés es su historia porque, como decíamos, sólo hay dos faros más añejos que éste: la Torre de Hércules de La Coruña y la Linterna de Génova.

El primero fue construido por los romanos y el segundo data de 1543. Por su parte, el faro de Portopí tuvo un antecedente en el que mandó construir el rey Jaime II en el año 1300, cuya ubicación fue ocupada tres siglos después por el Castillo de San Carlos, obligando a trasladar el faro a un edificio del siglo XV la Torre de Señales, que así creció en altura aunque todavía se ve la primitiva, almenada.

Empezó a funcionar en 1617 y siguió haciéndolo hasta la actualidad, experimentando de por medio diversas reformas y modernizaciones que le hicieron cambiar su sistema de señales original (lámparas de aceite) por otros sucesivamente mejorados (parafina, petróleo, electricidad). Entre 1958 y 1972 hubo un proyecto para un nuevo traslado pero al final se impuso su valor con la declaración de Monumento Histórico-Artístico (1983) y ahí sigue, con una pequeña exposición de elementos torreros de faros mallorquines en un edificio anexo.

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