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Una excursión a la isla alicantina de Tabarca

viernes, 18 de enero de 2019

Los muros cargados de historia del Castillo de Santa Bárbara, los ficus centenarios del Parque Canalejas, los millones de teselas que pavimentan la Explanada de España, las ruinas arqueológicas de Lucentum, las visitas a los pintorescos pueblos del municipio… Quien reserve un vuelo a Alicante tiene muchas cosas que llevar apuntadas en su agenda y una de ellas, sin duda, sería hacer una excursión hasta la cercana isla de Tabarca.

Se trata de un pedazo de tierra situada a unos diecinueve kilómetros del litoral peninsular levantino, con una superficie de treinta alargadas hectáreas, de modo que presenta algo menos de dos kilómetros de longitud por cuatrocientos cincuenta meros de anchura máxima y una elevación sobre el nivel de apenas quince metros; de hecho, vista desde lejos asemeja la silueta de un submarino. Se estructura en dos partes, una bastante más grande que la otra, unidas por un exiguo istmo; también hay algunos islotes y peñascos alrededor.

Tabarca, cuyo nombre actual es de incierto origen (en la Antigüedad se la conocía como Planesia o Planaria) pero parece proceder del bereber Thabraca, carece prácticamente de vegetación más allá de arbustos y matorrales pero acoge un pequeño pueblo de unas docenas de habitantes que se creó en 1770 por encargo de Carlos III porque, hasta entonces, la isla era utilizada por piratas y contrabandistas. Fruto de esa iniciativa son las recias murallas -con tres puertas- y la Torre de San José, que siguen en pie y constituyen el principal atractivo monumental.

No es el único porque también están la iglesia barroca de San Pedro y San Pablo, la Casa del Gobernador y un faro; en 2004 se añadió el Museo Nueva Tabarca aprovechando el edificio de la Almadraba y no hay que olvidar el pueblo en sí, con su pintoresco callejero de diseño dieciochesco. Sin embargo, los visitantes de Tabarca suelen centrar su atención en la parte natural, pues las aguas insulares están catalogadas como reserva marina y se les pueden sumar la minúscula playa y una gruta natural que hay bajo las murallas, accesible en barca.

La mayoría, no obstante, llega a Tabarca (desde Alicante es una hora de navegación; desde Santa Pola bastante menos) sólo como curiosidad, para pasar el día. No son mucha gente en realidad pero teniendo en cuenta las dimensiones de la isla, parece abarrotada; sobre todo si se intenta encontrar hueco en uno de los restaurantes para degustar el apreciado caldero tabarquí, que es arroz con pescado. Una alternativa que puede resultar interesante es pernoctar in situ, ya que, además de algunos hostales, la Casa de Gobernador ha sido reconvertida en hotel.

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