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Paseo en barca por el lago Herastrau con picnic

martes, 26 de marzo de 2019

Seguramente más de un lector habrá tomado ya un vuelo a Bucarest alguna vez y visitado la capital rumana, uno de los destinos a tener en cuenta cuando se quiere salir un poco de lo típico en materia viajera por Europa. Aunque la ciudad suele quedar en un segundo plano en los circuitos turísticos, que se centran en tours por el país, es recomendable reservar algún que otro día al menos para verla porque tiene muchas sorpresas.

No vamos a enumerar aquí todos los rincones de interés. Algunos son conocidos, como el colosal Palacio del Pueblo o el no menos extenso Museo de la Aldea; otros apenas son una sombra de lo que fueron, caso de la Curtea Veche (el palacio de Vlad Tepes) o los numerosos palacetes en estado semirruinoso que hay por muchas calles. Pero lo que vamos a resaltar hoy es el pulmón de Bucarest, el Parque Herastrau. Y, más concretamente, el lago que ocupa su parte central.

En realidad el sitio ha cambiado recientemente de nombre y desde diciembre de 2017 se llama Parque del rey Miguel I. Eso sí, sigue midiendo unas 118 hectáreas aproximadamente, de las cuales 74 corresponden precisamente a esa masa lacustre, que en cierta forma es lo último que queda del antiguo pantano que ocupaba la zona y fue drenado en los años treinta del siglo XX (el parque se abrió al público en 1936).

Herastrau es, precisamente, el nombre del lago y hace referencia a la palabra ferăstrău, que significa aserradero; la razón resulta obvia: allí se encontraron antiguos aserraderos hidráulicos que aprovechaban la corriente del río Colentina. De hecho, también es cómo se conoce a una cultura prehistórica de pastores que vivían en ese área durante la era Hallstatt, en la Edad del Hierro: Bordei-Herastrau. Posteriormente, se instalaron allí los dacios.

En 1831, el lugar fue utilizado como campo de maniobras militares por valacos y rusos pero apenas un par de décadas después se convirtió en el lugar de paseo favorito de las clases acomodadas, lo que llevó a la decisión de convertirlo en parque nacional. En cuanto al lago, constituye todo un oasis en medio del asfalto. Un barco realiza pequeñas excursiones, aunque lo más divertido quizá sea alquilar un bote de remos.

El tiempo es de una hora -y la tarifa baratísima- y ello permite bogar tranquilamente por sus plácidas aguas para después tomar un refrigerio sobre el césped, en plan picnic.

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