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Cross Bones, el cementerio más emotivo de Londres

jueves, 15 de febrero de 2018 Comments off

Cada vez suena menos raro eso del turismo necrológico. Los cementerios se han convertido en atracciones tan interesantes o más que cualquier museo, especialmente si sus sepulcros son monumentales o acogen los restos de personajes famosos. Hoy es frecuente, de hecho, que los más significativos en ese sentido cuenten con planos indicando la ubicación de dichas tumbas e incluso hagan visitas guiadas. Algunos son ya auténticos clásicos en ese sentido, como por ejemplo los tres de París.

Londres también tiene algo que ofrecer con los camposantos que se conocen como los Siete Magníficos: Highgate, Brompton Park, Abney Park… Ahora bien, la capital británica cuenta con una octava necrópolis, prácticamente olvidada por su propia población e ignorada por los turistas. Se trata de la de Cross Bones, situada en Southpark, en una zona meridional de la ciudad conocida como Redcross Way.

Los Siete Magníficos se abrieron en la primera mitad del siglo XIX, entre 1832 y 1841, para afrontar el desmesurado crecimiento de la población londinense durante esos años, que pasó de un millón de habitantes a más del doble. Hasta entonces los enterramientos solían llevarse a cabo, como en otros países, en los pequeños cementerios parroquiales; pero el progreso de la esperanza de vida que trajo la Revolución Industrial los saturó y la filtración la materia procedente de la descomposición de los cuerpos a la tierra -y, por tanto, al agua- empezó a provocar epidemias, de ahí las ordenanzas generales en toda Europa para crear nuevos sitios específicos para enterrar.

Aquellos viejos camposantos se cerraron a nuevos inquilinos y en ciertos casos se trasladaron los restos mortales a los nuevos; sin embargo, todavía queda alguno como recuerdo de otra época, caso de Cross Bones, cuya edad se remonta a tiempos postmedievales. Clausurado en 1853, estuvo a punto de ser reconvertido en finca edificable treinta años después y sólo la decidida oposición de un notable local, Lord Barbazon, que arrastró a los demás vecinos, impidió lo que calificaban de profanación.

En aquel contexto victoriano quizá no hubieran armado tanto revuelo de saber el uso que había tenido el lugar, insospechado entonces pero descubierto en 1992 durante unas excavaciones arqueológicas con motivo de la construcción de la línea de Metro Jubilee: 148 enterramientos correspondientes al período 1800-1853 y con los cuerpos apilados unos sobre otros, siendo un tercio de ellos de fetos y recién nacidos, más un 11% de bebés menores de un año y el resto mujeres por encima de la treintena de edad. La mayoría presentaban síntomas de graves enfermedades como viruela o tuberculosis, así como deficiencias alimentarias.

Ello ha llevado a pensar que Cross Bones era un cementerio para mujeres solteras, como se llamaba eufemísticamente a las prostitutas, pues se sabía de la existencia de uno por la zona desde el siglo XVI. Además, a partir de 1796 se inhumaba allí a los pobres que carecían de medios para pagarse un sepelio en otro sitio de más nivel. Se calcula en torno a 15.000 el número de personas que descansan en Cross Bones, que de un tiempo a esta parte despierta un interés creciente.

Buscando algún vuelo a Londres y acercándose a esa parte de la ciudad, Redcross Way, se encontrará tan curioso y pequeño sitio. La verja de entrada suele estar curiosamente cubierta por ramos de flores y cintas de colores, tal como se aprecia en la foto; una forma de reparar la memoria de gente desfavorecida que probablemente en su momento no debió de tener un funeral demasiado ceremonioso.

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El cementerio de La Recoleta

jueves, 28 de octubre de 2010 Comments off

vuelos baratos a Buenos Aires

Una idea para quien decida aprovechar el puente del primero de noviembre tomando uno de los vuelos baratos a Buenos Aires: visitar el cementerio de La Recoleta, uno de los más grandes e importantes del mundo, la versión porteña del Père-Lachaise parisino.

Debe su nombre a que fue levantado sobre el huerto del convento de los Recoletos Descalzos, establecidos allí en el siglo XVII y cuya iglesia pronto fue popularmente conocida como La Recoleta. La orden de construirlo vino del ministro Bernardo Rivadavia, quien encargó el diseño al francés Prosper Catelin, y se inauguró en 1822. Como también ocurrió en Père-Lachaise, las clases altas se mostraron reacias a ser enterradas allí en el extrarradio (la avenida Callao era el límite del casco urbano), pues aún pesaba la costumbre de inhumar en iglesias o terrenos aledaños y aquel parecía lugar más propio para marineros y esclavos libertos de pocos recursos. Pero en 1870 tuvieron que elegir entre hacerlo vivos o muertos, pues una epidemia de fiebre amarilla asoló Buenos Aires y se produjo un auténtico éxodo hacia la zona norte de la ciudad, donde se hallaba el camposanto. Así, paradójicamente, éste no tardó en trocar su carácter popular por otro más elitista. Y eso que ya no es oficialmente camposanto, pues en 1853 el arzobispo de la capital le retiró esa condición por haber autorizado el presidente Bartolomé Mitre (que también yace allí, por cierto) el sepelio del masón Blas Agüero.

Con la nueva aceptación no tardaron en ser necesarias sucesivas ampliaciones. Fruto de una de ellas fue la construcción de la monumental entrada clasicista, de estilo dórico, obra de Juan Buschiazo en 1886, donde hoy se puede consultar un plano del lugar. Algo necesario porque La Recoleta es como una pequeña ciudad, con los sepulcros organizados en manzanas separadas por calles, a su vez estructuradas por grandes avenidas que parten de una rotonda central decorada en 1914 con el Cristo de Pedro Zonza Briano. 70 de los panteones (o bóvedas, como se dice allá) tiene la categoría de Monumento Histórico Nacional, como la propia necrópolis desde 1946. Y es que materiales nobles como mármol, granito y bronce son habituales en algunas de esas edificaciones, de las que destacan la pirámide del farmacéutico Pedro Arata, las estatuas y el candelabro del de la familia Dorrego-Ortiz Basualdo, la gruta de Tomás Guido (ayudante del libertador San Martín), el enterramiento erguido del héroe decimonónico Facundo Quiroga o los cenotafios en memoria de los caídos por la patria.

Mención aparte merece la tumba de Eva Perón pero no por sus excelencias artísticas sino por ser objeto del característico culto que se rinde en Argentina a ese apellido. Su marido, por cierto, no está enterrado aquí sino en Chacarita. No obstante, Evita puede presumir de compartir terreno con otros presidentes, artistas, militares y personajes del país. Se puede citar a María Remedios de Escalada (mujer de San Martín), Dalmecio Vélez Sarsfield, Juan Manuel de Rosas, Nicolás Avellaneda, Domingo Faustino Sarmiento, Hipólito Irigoyen, Carlos Saavedra Lamas, Adolfo Bioy Casares, Raúl Alfonsín, Luis Carniglia o Ángel Firpo, entre muchísimos más.

Y, como buen cementerio, tiene curiosas leyendas entre sus inquilinos: la del guarda que se suicidó para estrenar su tumba, la de la nieta de Napoleón y María Waleska, fallecida al poco de nacer en suelo argentino, o la del Delfín de Francia, el hijo de Luis XVI, que habría escapado de la Revolución para vivir (y morir) en Buenos Aires como prestigioso arquitecto bajo otro nombre.

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El cementerio de Père-Lachaise

lunes, 25 de octubre de 2010 Comments off

vuelos baratos a París

Como es sabido, mucha gente empieza Noviembre visitando la tumba de sus seres queridos fallecidos. Hace años hubiera resultado raro, estrambótico, blasfemo quizá, pero hoy en día los cementerios tienden a despojarse de la severidad exclusiva del luto y se abren como espacios públicos. En ese sentido París es una ciudad privilegiada porque no sólo posee varios camposantos sino que tres de ellos son auténticas atracciones turísticas, con planos a disposición del visitante indicando la localización de las tumbas de los famosos.

De ese trío de ases que forman Montmartre, Montparnasse y Père-Lachaise es este último el más grande, completo y atractivo, no sólo por sus sepulcros sino porque en la práctica es el mayor parque de la ciudad después de Boulogne y Vicennes. Fue creado a principios del siglo XIX para poder inhumar a todos los parisinos, más allá de su condición económica o social. Por entonces, siguiendo la nueva normativa de la época de enterrar a los muertos fuera del casco urbano, Napoleón encargó al arquitecto Théodore Bronniart que diseñara una nueva necrópolis en las afueras, si bien la entrada principal y la iglesia correrían a cargo de Etienne-Hippolyte Godde. Se le dio el nombre del confesor de Luis XIV, que había alcanzado prestigio por su defensa del catolicismo frente a la corriente jansenista. Pero la inauguración, en 1804, no tuvo el éxito esperado: las clases acomodadas se resistían a llevar los cuerpos de sus allegados tan lejos.

Hubo que recurrir a la astucia y se trasladaron los restos de algunos personajes célebres como Moliére, La Fointaine y la pareja medieval Abelardo-Eloísa. Así fue cómo se empezó a aceptar al cementerio, hasta el punto de que a lo largo del siglo hubo que someterlo a varias ampliaciones hasta alcanzar las 93 hectáreas. Hoy en día muchos turistas -2 millones al año- aprovechan los vuelos baratos a París para acercarse a este pulmón verde -cuenta con miles de árboles en su recinto- y buscar entre las 70.000 sepulturas las de sus personajes favoritos. La lista es casi interminable; los hay para todos los gustos, aparte de los ya mencionados: escritores (Apollinaire, Balzac, Camus, Colette, Comte, Proust, Signoret, Wilde), pintores (Corot, Daumier, David, Degas, Delacroix, Modigliani, Pisarro), músicos y cantantes (Piaf, Bizet, Callas, Chopin, Jim Morrison, Rossini), cineastas (Mélies), bailarinas (Isadora Duncan), políticos (Godoy, Negrín), intelectuales (Champollion, Thiers), etc.

Abundan los panteones neogóticos y los monumentos en memoria de fallecidos en avatares de la Historia, caso de los fusilados de La Comuna de 1871 o las víctimas del nazismo. Algunas tumbas son objeto de auténtica peregrinación, como la del cantante de The Doors Jim Morrison, pese a estar medio escondida y ser muy modesta; siempre está llena de flores y se ha optado por no repones su busto porque siempre acaba desapareciendo. Otras están vacías y sólo tienen la lápida, como la de María Callas, cuyas cenizas fueron esparcidas por el Mediterráneo. Y de algunas no se tiene la seguridad de que contengan los restos auténticos, caso del mariscal Ney. Si alguien quiere hacerse una idea no tiene más que entrar en la web oficial del camposanto para ver el recorrido virtual.

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