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Una escapada a Formentera en Semana Santa

lunes, 15 de abril de 2019 Comments off

¿Buscando plan para estas vacaciones de Semana Santa? Lo cierto es que todo un mundo de posibilidades y depende de lo que se busque. Si se prefiere evitar las celebraciones religiosas, una buena opción podría ser viajar a una isla tranquila y disfrutar del relax que ofrezcan su clima, sus playas, su gastronomía y, en suma, todo aquello que constituya su idiosincrasia. Propongamos una mediterránea: Formentera.

Forma parte del Archipiélago Balear, en el que integra, junto con Ibiza y algunos islotes (ESpalmador, Espardell…), las llamadas Islas Pitiusas, nombre que les dieron los griegos en alusión a la abundancia de pinos (pitys) para diferenciarlas de las Gimnesias (Mallorca, Menorca), a las que bautizaron así por la escasez de equipamiento de combate de sus guerreros (aunque la denominación que perduró fue la fenicia, Balearides, adoptada por los romanos).

Formentera, la isla balear más pequeña, es también la más meridional. Se trata casi de una prolongación de tierra ibicenca pues únicamente las separan tres kilómetros y medio. Por eso la forma más fácil de llegar allí es reservar un vuelo a Ibiza y luego tomar uno de los barcos que salen de su puerto (o de los de Playa d’en Bossa, Figueretas, Es Cana, Cala LLongay y Santa Eulalia) operados por las compañías Balearia, Trasmapi, Mediterránea Pitiusa y Aqua Bus Ferry Boats.

Según el punto de partida, tardan entre 25 y 60 minutos, variando los precios en función de ello y del barco: hay tarifas entre 18 y 50 euros. Quien prefiera ahorrarse el trayecto aéreo hasta Ibiza e ir directamente, puede hacerlo desde la localidad alicantina de Denia, de donde zarpan un barco rápido que opera la ruta en un par de horas y uno lento que lo hace en el doble de tiempo.

Una vez en Formentera nos encontramos 85 kilómetros cuadrados prácticamente llanos (el desnivel mayor es de menos de 200 metros) con playas de gran belleza idóneas para familias como Illetes, Cala Saona y Es Migjorn, algunas nudistas (S’Espalmador, Llevant y Caló des Mort) y habiendo también numerosas calas. El Faro de la Mola (1861), el Parque Natural de Ses Salines y, quizá, alguna localidad pintoresca como San Francisco Javier, son otros atractivos formenteranos.

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El barranco grancanario de Guayadeque

viernes, 8 de marzo de 2019 Comments off

Muchos de los que sueñan con viajar a Egipto para descubrir el mundo de los antiguos faraones encuentran un motivo de especial satisfacción en la colección de momias del Museo Egipcio de El Cairo. Los que antaño eran grandes personajes han pasado a ser inmortales no sólo por sus hechos sino también por ese peculiar modo de preservación de sus cuerpos que tanto fascina al turista. Y, sin embargo, no hace falta ir tan lejos para ver ejemplos de cerca. Basta con reservar un vuelo a Gran Canaria, por ejemplo.

En la isla se conservan muchas momias de los pobladores prehispanos. La mayoría están en el Museo Canario de Las Palmas pero proceden de varios rincones insulares y uno de los más ricos en ese sentido es el barranco de Guayadeque, una profunda depresión del terreno que se cuenta entre las más grandes de todo el archipiélago. Lo cierto es que ese sitio tiene un valor especial porque además de esas características físicas que lo convierten en un atractivo natural, acoge hasta ochenta especies endémicas de flora y fauna y, como decíamos, varios yacimientos arqueológicos.

Los aborígenes canarios eligieron aquel barranco para asentarse, como demuestran los centenares de grutas que horadan sus abruptas laderas, convirtiéndolo en un lugar de enorme valor para los arqueólogos y antropólogos. Sus propios nombres aluden a esa abundancia: Cuevas Muchas, Cueva Labrá, etc. Milenios después, los actuales habitantes de Gran Canaria que viven en la zona se han adaptado también a ese tipo de vivienda, de ahí que haya localidades también con nombres de ese tipo, como Cueva Bermeja.

Pero no es sólo su gracia. Es que realmente los hay que residen en cavernas; debidamente adaptadas, por supuesto, y algunas están abiertas al público para mostrarle esa peculiar manera troglodita de vivir. Combinado con la visita al Centro de Interpretación, la caldera de Los Marteles y la oferta de restaurantes, en los que hay que probar la especialidad local, carne de cerdo frita con papas arrugadas regadas con un vino propio; combinado con todo eso, decimos, la excursión se vuelve más que tentadora.

Y decimos excursión porque es fácil llegar desde Maspalomas en apenas media hora de carretera.

Imagen: Álvaro Ávila en Wikimedia Commons, dominio público en Wikimedia Commons

Navegando por la ría de Bilbao

martes, 5 de febrero de 2019 Comments off

¿Qué llevamos en mente cuando tomamos un vuelo a Bilbao? Evidentemente, si viajamos a la capital vizcaína por vacaciones seguramente llevaremos apuntadas en la agenda una serie de visitas a sus rincones más atractivos desde el punto de vista turístico, desde el inevitable museo Guggenheim al de Bellas Artes, pasando por la fascinante Alhóndiga, la Basílica de Nuestra Señora de Begoña, el Teatro Azcárrága, el casco viejo con sus calles históricas, etc.

Pero hay una cosa que resulta inevitable tomar siempre como referencia: la ría, ese brazo de agua que vertebra la ciudad y que, dejando atrás aquellos tiempos industriales en los que no presentaba un aspecto precisamente sugestivo, hoy ha trocado las fábricas y astilleros por turismo, de manera que no sólo acoge en sus riberas algunos de los sitios más interesantes -entre ellos parte de los reseñados antes- sino que incluso puede constituir un fin en sí misma. Y para eso nada mejor que hacer como en otras urbes y navegarla.

Ello es posible gracias a Bilboats, una agencia de de paseos acuáticos con dos rutas que buscan ofrecer una visión del pasado y el presente de Bilbao desde esa ría que fue tan crucial para su devenir, facilitando de paso el descubrimiento de ambos márgenes, los edificios y monumentos que los jalonan y, en suma, proporcionar una relajante experiencia al viajero, además de una perspectiva del entorno tan original como poco común.

Esas rutas, mitad culturales y mitad de ocio, llevan desde el centro urbano (el punto de atraque es la Plaza Pío Baroja) hasta Zorroaurre o al mar Cantábrico, en la zona del Puente Colgante de Portugalete. La primera dura aproximadamente una hora mientras que la segunda alcanza el doble y las dos incluyen ida y vuelta; en ambos casos se pueden hacer opcionalmente con audioguía en varios idiomas.

Bilboats cuenta para ello con dos barcos: uno es el Ibai Alai, un monocasco de 15 metros de eslora y dos cubiertas con capacidad para 80 pasajeros, todos con asiento individual, bar, WC y equipo de audio; el otro es un catamarán llamado Ibai Eder, de la misma eslora y aforo pero con una única zona de 40 metros cuadrados, aunque igualmente equipada.

Ambas naves pueden alquilarse para otras actividades como fiestas, despedidas de soltero/a y eventos diversos, además de ofrecer servicios también para asistir a los fuegos artificiales o las fiestas locales; asimismo, acogen grupos escolares con tarifas especiales. Hasta es posible solicitar una ruta a medida.

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Una excursión a la isla alicantina de Tabarca

viernes, 18 de enero de 2019 Comments off

Los muros cargados de historia del Castillo de Santa Bárbara, los ficus centenarios del Parque Canalejas, los millones de teselas que pavimentan la Explanada de España, las ruinas arqueológicas de Lucentum, las visitas a los pintorescos pueblos del municipio… Quien reserve un vuelo a Alicante tiene muchas cosas que llevar apuntadas en su agenda y una de ellas, sin duda, sería hacer una excursión hasta la cercana isla de Tabarca.

Se trata de un pedazo de tierra situada a unos diecinueve kilómetros del litoral peninsular levantino, con una superficie de treinta alargadas hectáreas, de modo que presenta algo menos de dos kilómetros de longitud por cuatrocientos cincuenta meros de anchura máxima y una elevación sobre el nivel de apenas quince metros; de hecho, vista desde lejos asemeja la silueta de un submarino. Se estructura en dos partes, una bastante más grande que la otra, unidas por un exiguo istmo; también hay algunos islotes y peñascos alrededor.

Tabarca, cuyo nombre actual es de incierto origen (en la Antigüedad se la conocía como Planesia o Planaria) pero parece proceder del bereber Thabraca, carece prácticamente de vegetación más allá de arbustos y matorrales pero acoge un pequeño pueblo de unas docenas de habitantes que se creó en 1770 por encargo de Carlos III porque, hasta entonces, la isla era utilizada por piratas y contrabandistas. Fruto de esa iniciativa son las recias murallas -con tres puertas- y la Torre de San José, que siguen en pie y constituyen el principal atractivo monumental.

No es el único porque también están la iglesia barroca de San Pedro y San Pablo, la Casa del Gobernador y un faro; en 2004 se añadió el Museo Nueva Tabarca aprovechando el edificio de la Almadraba y no hay que olvidar el pueblo en sí, con su pintoresco callejero de diseño dieciochesco. Sin embargo, los visitantes de Tabarca suelen centrar su atención en la parte natural, pues las aguas insulares están catalogadas como reserva marina y se les pueden sumar la minúscula playa y una gruta natural que hay bajo las murallas, accesible en barca.

La mayoría, no obstante, llega a Tabarca (desde Alicante es una hora de navegación; desde Santa Pola bastante menos) sólo como curiosidad, para pasar el día. No son mucha gente en realidad pero teniendo en cuenta las dimensiones de la isla, parece abarrotada; sobre todo si se intenta encontrar hueco en uno de los restaurantes para degustar el apreciado caldero tabarquí, que es arroz con pescado. Una alternativa que puede resultar interesante es pernoctar in situ, ya que, además de algunos hostales, la Casa de Gobernador ha sido reconvertida en hotel.

Excursión a la Cascada del Ézaro, única europea en verter directamente al mar

viernes, 16 de noviembre de 2018 Comments off

Santiago de Compostela siempre es una buena propuesta para pasar unos días de vacaciones. Primero, por la belleza monumental de su casco histórico -catedral aparte-, que garantiza muchas horas de visita cultural con plena garantía de satisfacción. Y segundo, porque en su entorno tampoco faltan atractivos. Algunos de ellos naturales y tan sorprendentes como la Cascada del Ézaro.

Se encuentra en la Costa da Morte, ese litoral costero de abruptos acantilados batidos por viento y oleaje que constituye todo un espectáculo en sí mismo. Pero si uno se acerca hasta el municipio coruñés de Dumbría, enclavado en pleno Finisterre, descubrirá una fascinante visión que engrosa esa experiencia: la única cascada de Europa que vierte sus aguas directamente al mar salvando unos cien metros de altura.

Por los bosques de pinos y carballos de la comarca de Jallas (Xallas en gallego), serpentea el río homónimo también llamado Ézaro. Son algo más de 57 kilómetros cuyo cauce, al discurrir por un gran desnivel, alcanza considerable potencia, alimentando a varias centrales hidroeléctricas. Aún así, todavía le queda fuerza para llegar al Finis Terrae y verter su agua dulce con la salada de la ría que baña el océano Atlántico, a los pies del Monte do Pindo.

Ese monte también tiene su atractivo, pues su relieve está compuesto de bolos de granito cuyas caprichosas formas han originado varias leyendas sobre gigantes y otros seres mitológicos, algo reforzado por haberse hallado en sus laderas petroglifos, útiles de bronce y algunos restos arqueológicos más, tanto antiguos como medievales.

El caso es que en la falda del Pindo hay una plataforma balconada construida ex profeso para contemplar la cascada que baja vertiginosamente por su ladera y a la que se llega caminando por una pasarela de madera de aproximadamente un kilómetro de longitud. Eso sí, no es algo que se pueda ver todos los días porque la construcción del embalse de Fervenza supuso la extinción de la cascada al privarla de caudal. La presión de los grupos ecologistas locales ha permitido que desde 2000 se abran las compuertas una vez a la semana para recuperar ese espectáculo hídrico.

Por tanto, si uno reserva un vuelo a Santiago de Compostela (o a La Coruña) y se acerca hasta Dumbría, no tiene más que seguir la citada pasarela un domingo a media mañana, pues el horario para contemplar la cascada del Ézaro es de 12:00 a 13:30. Otra opción es, si se va en verano, visitarla por la noche y disfrutar contemplándola con la iluminación especial instalada por el Concejo. Es entre las 23:00 y las 00:00 pero hay que consultar los días.

De excursión a ver los molinos holandeses

martes, 9 de octubre de 2018 Comments off

Si hay un icono turístico capaz de identificar Ámsterdam es el molino de viento, que pese a ser un ingenio utilizado en muchos países se ha asociado a Holanda por conservar varios modelos de época en buen estado. De hecho, los de la provincia de Kinderdijk están protegidos como Patrimonio de la Humanidad desde 1997 pero hay un alrededor de un millar repartidos por el territorio nacional y que hoy sirven para atraer curiosos cámara en ristre.

El más antiguo es del siglo VIII pero de agua. Los de viento se introdujeron posteriomente, unos cinco siglos más tarde. Obviamente, resultaría imposible verlos todos pero constituyen un referente tan fuerte que se organizan excursiones en circuito desde la capital para ver los más significativos. También se puede hacer esa ruta molinera por cuenta propia, claro está. Sea cual sea la opción que se escoja, hay que tener claro que se necesario seleccionar.

Una propuesta de itinerario es salir por la mañana en dirección al entorno rural y hacer un primer alto junto al río Zaan, en Zaanse Schans, donde se congregan varias casas de hace quinientos años y junto a ellas varios molinos antiguos; son los supervivientes de los casi seiscientos que hubo antaño, pues allí había un centro de producción lechera, quesera y minera, entre otras cosas, de cuyo recuerdo se ocupa una serie de museos sobre oficios artesanos.

Pero hay otras opciones. Una de ellas sería acercarse hasta la citada provincia de Kinderdijk, cerca de Róterdam, donde hay nada menos que diecinueve molinos dieciochescos en plenos pólders, entre diques, esclusas y puentes; dos de ellos son visitables por dentro y hacen hoy funciones de museo. Otros cinco están en Schiedam y se los considera los más grandes del mundo al superar los cuarenta metros de altura. En otra época eran una veintena y servían para moler cereal y, de paso, fabricar un tipo de ginebra local denominada jenever.

También es museo el que se encuentra en Schermerhorn; forma parte de un grupo de once, situados en una zona desecada del lago Schermer porque su uso era precisamente el de drenar el agua y evitar así inundaciones, para lo cual llegaron a construirse cincuenta y dos. La humedad reinante en el paisaje explica el porqué de los típicos zuecos holandeses, que en Schermerhorn son uno de los souvenirs habituales.

Así que, a la hora de reservar un vuelo a Ámsterdam, ya tenemos otra cosa que apuntar en la agenda y con la ventaja de combinar espectacularidad, cultura e historia.

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El mirador y el funicular de Artxanda

martes, 18 de septiembre de 2018 Comments off

Hay dos formas de presentar de forma gráfica una ciudad. Una es, digamos, en primer plano, a través de alguno de sus iconos turísticos característicos; al fin y al cabo prácticamente en todas partes hay uno o incluso más de uno. La otra manera es hacerlo mediante una vista panorámica, generalmente aérea, que permite hacernos una idea de su extensión y dimensiones. Si uno toma un vuelo a Bilbao y quiere probar esto último tiene que acercarse hasta un rincón específico: el Mirador de Artxanda.

Artxanda es el nombre de una de las dos cadenas montañosas que sirven de límite municipal bilbaíno junto con la de Pagasarri. No se trata de grandes elevaciones, pues la cota máxima ronda los 300 metros, pero es suficiente para permitir a un visitante contemplar Bilbao desde lo alto. Ello convierte a Artxanda en un lugar de interés con un extra al que supone su propia condición natural, ya que además está muy cerca del casco urbano y, por tanto, resulta de fácil acceso.

Hay varios motivos para hacer esa excursión y no son menores los que suponen una experiencia al aire libre, la práctica deportiva o disfrutar de la gastronomía de algún establecimiento, pero la razón por la que lo resaltamos aquí es, sobre todo, la de las espléndidas vistas que ofrece su mirador: es asomarse a la barandilla y poder ver el casco antiguo, la inconfundible estampa del Guggenheim, la silueta de la Torre Iberdrola y otros puntos descollantes.

Pero eso no es todo. Otra de las razones para elegir pasar una mañana en Artxanda es el funicular que lleva hasta la cima. En realidad no es obligatorio ni necesario usarlo, pues también se puede subir en coche o incluso andando, pero hablamos de experiencias curiosas y no cabe duda de que ésta lo sería. Su punto de partida es la Plaza del Funicular, cerca del Puente Zubizuri, en la intersección entre las calles Castaños y Múgica y Butrón.

No es una atracción nueva, pues fue construida ya en 1915 con la idea de conectar la urbe con el casino, que se ubicaba precisamente en el monte. aunque se la sometió a una reforma total en 1989. Tampoco se trata de un viaje largo porque sólo recorre 770 metros; eso sí, cuesta arriba, salvando un desnivel de 226,49 metros con una pendiente del 44%. Como cubre esa distancia a una velocidad de 5 metros por segundo, en 3 minutos llega a su destino.

En éste hay un parque con dos grandes esculturas, una de las cuales es una pieza de engranaje del vehículo y otra un monumento en memoria de las víctimas de la Guerra Civil (el funicular fue bombardeado en 1938). El horario es de 7:15 a 22:00 (los festivos abre una hora más tarde) y sale cada cuarto de hora; tiene capacidad para 70 pasajeros. El billete de ida y vuelta cuesta 3,25 euros, aunque hay diversas tarifas.

Imagen: Sannicolasdeugarte en Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0

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Una excursión a la isla balear de Cabrera

viernes, 7 de septiembre de 2018 Comments off

Cuando hablamos de tomar un vuelo a Palma de Mallorca para pasar allí unos días de vacaciones seguro que se nos ocurren mil y un cosas que ver y visitar, desde calas recoletas a grutas naturales, pasando por parques acuáticos, pueblos pintorescos, paisajes de contrastes… Incluso se puede prever dar un salto a otra isla y enseguida apuntamos Menorca, Ibiza o Formentera. Lo que proponemos aquí es ¿por qué no Cabrera?

Es el mayor territorio insular del pequeño archipiélago homónimo, un Parque Nacional Marítimo-Terrestre compuesto por 17 islas e islotes. Cabrera tiene una superficie de 10.021 hectáreas muy bien conservadas desde el punto de vista natural, a decir de los expertos, constituyendo todo un modelo de ello en el Mediterráneo hasta el punto de formar parte de la Red Natura 2000. Aves marinas y otras especies endémicas tienen allí su hogar, quizá aprovechando que no habita ningún humano.

En realidad el Hombre lo visitó a los largo de los tiempos ya desde la Antigüedad, con presencia esporádica de fenicios, cartagineses, romanos y bizantinos, sirviendo posteriormente de base a los piratas berberiscos para atacar la costa de Mallorca; por esta última razón, en el siglo XV se construyó en su suelo un castillo -un macizo torreón- que impidiera el acceso a tan incómodos inquilinos.

Ahora bien, el episodio más célebre e impresionante de Cabrera fue a principios del siglo XIX, cuando sirvió de improvisada prisión para varios miles de soldados franceses hechos prisioneros en la Batalla de Bailén; la mitad de ellos murió por el abandono a que fueron sometidos, a causa del hambre y las enfermedades, por no citar otros motivos más escabrosos.

La familia que luego adquirió la propiedad creó una bodega cuya sede alberga hoy un museo; su exigua arquitectura se amplía con un faro. Después, en 1916, se instaló allí una guarnición militar que usaba la isla para sus prácticas de tiro y así siguió durante décadas, evitando que Cabrera cayera en manos de especuladores inmobiliarios hasta su catalogación como parque por la administración.

Para llegar al puerto de la isla es necesario embarcarse en una de las golondrinas (barcos) que zarpan de los puertos de la Colònia de Sant Jordi y de Portopetro, realizando de paso visitas guiadas. Para asegurarse plaza es recomendable reservar con antelación, pues tratándose de un parque nacional existe una limitación del número de embarcaciones que pueden ir cada día.

Otra opción es contratar una excursión privada, de las muchas que ofertan los hoteles, por ejemplo. Suelen durar entre 3 y 6 horas, incluyendo un paseo por la red de senderos habilitada ad hoc, tioempo para tomar un baño en la icónica Cova Blava, comer y circunnavegar el litoral.

IMAGEN: Chixoy en Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0

Excursión al ibicenco islote de Es Vedrá

viernes, 25 de mayo de 2018 Comments off

A pesar de lo que parezca a priori, un tanto superficialmente, reservar un vuelo a Ibiza no implica necesariamente -o, al menos, no de forma exclusiva- ir en busca de sol, playa y fiestas discotequeras. Es cierto que se acerca el verano, que es cuando esos elementos hacen su agosto, nunca mejor dicho. Pero también lo es que incluso en pleno estío, y no digamos el resto del año, la isla tiene otros atractivos turísticos complementarios cuando no a la misma altura. Un buen ejemplo podría ser el islote de Es Vedrá.

Se trata de un peñón que aflora frente al Cap Blanc, junto a la Cala d’Hort, en el litoral suroeste de Ibiza, formando parte del municipio de Sant Josep de Sa Talaia. Son trescientos ochenta y dos metros de roca casi vertical que en días claros pueden verse incluso desde Formentera y la Península Ibérica, aunque las vistas más interesantes y fotogénicas se obtienen desde la Torre Es Savinar, una atalaya construida en 1763 para vigilar posibles incursiones enemigas y que hoy hace funciones de mirador.

Por sus características, Es Vedrá constituye un rico refugio para la vida marina que hasta tiene especies endémicas, tanto vegetales como animales. Además, numerosas aves anidan allí, por eso el islote está integrado en el Parc de Cala d´Hort i Es Vedrà junto a otros como Es Vedranell (que está justo al lado y es aún más pequeño) y Es Illots de Ponent. En otros tiempos se llevaron cabras -casi medio centenar, para las que la difícil orografía no era problema- pero ya no hay porque se consideraron un peligro para esas especies citadas antes.

En ese sentido, y cosa curiosa, el islote no tiene un único propietario sino que se reparte entre una treintena de ellos que, como se ve, no tienen ningún beneficio directo desde un punto de vista estrictamente económico, salvo el turístico, aunque lógicamente el acceso está prohibido y sólo puede hacerse con el permiso correspondiente; de todas formas no es fácil llegar y la única manera es alquilando un bote (sí se permite navegar en su entorno).

Todavía hay otra cosa que puede interesar de Es Vedrá: las leyendas que circulan sobre el lugar como punto de referencia para observar fenómenos paranormales, con misteriosas luces entrando y saliendo del agua que los más imaginativos identifican con OVNIs, monstruos marinos (incluso hay uno con nombre propio, el Gegant de’s Vedrá, devorador de pulpos) e incluso apariciones marianas como las experimentadas por el carmelita Francisco Palau, que usaba las grutas del islote para su retiro espiritual.

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Toros y vino por Jerez y la provincia de Cádiz

martes, 22 de mayo de 2018 Comments off

Jerez es un nombre con resonancia a vino y toros, por eso no resulta extraño que ambos elementos se puedan juntar durante una visita a esa ciudad una vez se haya visto lo más granado de su oferta turística y monumental. Además permite recorrer buena parte de la provincia de Cádiz y hacerse una idea cercana de su idiosincrasia.

Así pues, decidámonos: busquemos un vuelo a Jerez, alquilemos luego un coche e iniciemos desde esa ciudad lo que se ha dado en llamar la Ruta del Toro, un itinerario por carretera que discurre de norte a sur a través del Parque Nacional de Los Alcornocales. Son 167.767 hectáreas jalonadas por una bella carretera de aproximadamente un centenar de kilómetros que llega hasta Los Barrios travesando hasta 17 municipios y cubierto por bosque autóctono mediterráneo.

La visita a este parque, declarado por la Junta de Andalucía en 1989, permitirá, entre otras cosas vinculadas al aire libre y la naturaleza, contemplar dos especies animales que no tienen nada que ver. Una es el lince ibérico (aunque no está claro si quedan ejemplares o no) como representante de la fauna salvaje que también integran gatos monteses, meloncillos, ginetas, corzos moriscos y una amplísima representación de aves.

La otra, cuya visión está garantizada, es el toro bravo, que da nombre a la ruta. Porque Los Alcornocales tiene múltiples usos y uno de ellos es el ganadero, donde se cría una raza autóctona retinta especialmente apreciada por su carne. Lo mejor es que se puede ver a las reses en su hábitat natural, la dehesa, entre pastos y olivares de la Campiña de Jerez, el Campo de Gibraltar o La Janda.

Algunas fincas organizan espectáculos de doma vaquera y Escuela Española. Otras, dedicadas a la producción vinícola, ofrecen la posibilidad de asistir al proceso de elaboración del caldo típico de la tierra y del brandy. Como además se pasa por preciosos pueblos andaluces no faltará la ocasión de catar la rica gastronomía local en alguna venta típica o fotografiar algún Conjunto Histórico-Artístico como el de Medina Sidonia, por ejemplo.

Si se prefiere centrar la atención en las maravillas que se encontrarán dejándose guiar, también es posible realizar ese trayecto u otro similar contratando una de las diversas excursiones que suelen ofertarse. Sea cual sea la opción elegida, está garantizada la experiencia de inmersión en en el mundo andaluz en general y gaditano en particular.

Imagen: Juan Pablo Zumel Arranz en Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0

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