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Excursión a la Cascada del Ézaro, única europea en verter directamente al mar

viernes, 16 de noviembre de 2018 Comments off

Santiago de Compostela siempre es una buena propuesta para pasar unos días de vacaciones. Primero, por la belleza monumental de su casco histórico -catedral aparte-, que garantiza muchas horas de visita cultural con plena garantía de satisfacción. Y segundo, porque en su entorno tampoco faltan atractivos. Algunos de ellos naturales y tan sorprendentes como la Cascada del Ézaro.

Se encuentra en la Costa da Morte, ese litoral costero de abruptos acantilados batidos por viento y oleaje que constituye todo un espectáculo en sí mismo. Pero si uno se acerca hasta el municipio coruñés de Dumbría, enclavado en pleno Finisterre, descubrirá una fascinante visión que engrosa esa experiencia: la única cascada de Europa que vierte sus aguas directamente al mar salvando unos cien metros de altura.

Por los bosques de pinos y carballos de la comarca de Jallas (Xallas en gallego), serpentea el río homónimo también llamado Ézaro. Son algo más de 57 kilómetros cuyo cauce, al discurrir por un gran desnivel, alcanza considerable potencia, alimentando a varias centrales hidroeléctricas. Aún así, todavía le queda fuerza para llegar al Finis Terrae y verter su agua dulce con la salada de la ría que baña el océano Atlántico, a los pies del Monte do Pindo.

Ese monte también tiene su atractivo, pues su relieve está compuesto de bolos de granito cuyas caprichosas formas han originado varias leyendas sobre gigantes y otros seres mitológicos, algo reforzado por haberse hallado en sus laderas petroglifos, útiles de bronce y algunos restos arqueológicos más, tanto antiguos como medievales.

El caso es que en la falda del Pindo hay una plataforma balconada construida ex profeso para contemplar la cascada que baja vertiginosamente por su ladera y a la que se llega caminando por una pasarela de madera de aproximadamente un kilómetro de longitud. Eso sí, no es algo que se pueda ver todos los días porque la construcción del embalse de Fervenza supuso la extinción de la cascada al privarla de caudal. La presión de los grupos ecologistas locales ha permitido que desde 2000 se abran las compuertas una vez a la semana para recuperar ese espectáculo hídrico.

Por tanto, si uno reserva un vuelo a Santiago de Compostela (o a La Coruña) y se acerca hasta Dumbría, no tiene más que seguir la citada pasarela un domingo a media mañana, pues el horario para contemplar la cascada del Ézaro es de 12:00 a 13:30. Otra opción es, si se va en verano, visitarla por la noche y disfrutar contemplándola con la iluminación especial instalada por el Concejo. Es entre las 23:00 y las 00:00 pero hay que consultar los días.

De excursión a ver los molinos holandeses

martes, 9 de octubre de 2018 Comments off

Si hay un icono turístico capaz de identificar Ámsterdam es el molino de viento, que pese a ser un ingenio utilizado en muchos países se ha asociado a Holanda por conservar varios modelos de época en buen estado. De hecho, los de la provincia de Kinderdijk están protegidos como Patrimonio de la Humanidad desde 1997 pero hay un alrededor de un millar repartidos por el territorio nacional y que hoy sirven para atraer curiosos cámara en ristre.

El más antiguo es del siglo VIII pero de agua. Los de viento se introdujeron posteriomente, unos cinco siglos más tarde. Obviamente, resultaría imposible verlos todos pero constituyen un referente tan fuerte que se organizan excursiones en circuito desde la capital para ver los más significativos. También se puede hacer esa ruta molinera por cuenta propia, claro está. Sea cual sea la opción que se escoja, hay que tener claro que se necesario seleccionar.

Una propuesta de itinerario es salir por la mañana en dirección al entorno rural y hacer un primer alto junto al río Zaan, en Zaanse Schans, donde se congregan varias casas de hace quinientos años y junto a ellas varios molinos antiguos; son los supervivientes de los casi seiscientos que hubo antaño, pues allí había un centro de producción lechera, quesera y minera, entre otras cosas, de cuyo recuerdo se ocupa una serie de museos sobre oficios artesanos.

Pero hay otras opciones. Una de ellas sería acercarse hasta la citada provincia de Kinderdijk, cerca de Róterdam, donde hay nada menos que diecinueve molinos dieciochescos en plenos pólders, entre diques, esclusas y puentes; dos de ellos son visitables por dentro y hacen hoy funciones de museo. Otros cinco están en Schiedam y se los considera los más grandes del mundo al superar los cuarenta metros de altura. En otra época eran una veintena y servían para moler cereal y, de paso, fabricar un tipo de ginebra local denominada jenever.

También es museo el que se encuentra en Schermerhorn; forma parte de un grupo de once, situados en una zona desecada del lago Schermer porque su uso era precisamente el de drenar el agua y evitar así inundaciones, para lo cual llegaron a construirse cincuenta y dos. La humedad reinante en el paisaje explica el porqué de los típicos zuecos holandeses, que en Schermerhorn son uno de los souvenirs habituales.

Así que, a la hora de reservar un vuelo a Ámsterdam, ya tenemos otra cosa que apuntar en la agenda y con la ventaja de combinar espectacularidad, cultura e historia.

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El mirador y el funicular de Artxanda

martes, 18 de septiembre de 2018 Comments off

Hay dos formas de presentar de forma gráfica una ciudad. Una es, digamos, en primer plano, a través de alguno de sus iconos turísticos característicos; al fin y al cabo prácticamente en todas partes hay uno o incluso más de uno. La otra manera es hacerlo mediante una vista panorámica, generalmente aérea, que permite hacernos una idea de su extensión y dimensiones. Si uno toma un vuelo a Bilbao y quiere probar esto último tiene que acercarse hasta un rincón específico: el Mirador de Artxanda.

Artxanda es el nombre de una de las dos cadenas montañosas que sirven de límite municipal bilbaíno junto con la de Pagasarri. No se trata de grandes elevaciones, pues la cota máxima ronda los 300 metros, pero es suficiente para permitir a un visitante contemplar Bilbao desde lo alto. Ello convierte a Artxanda en un lugar de interés con un extra al que supone su propia condición natural, ya que además está muy cerca del casco urbano y, por tanto, resulta de fácil acceso.

Hay varios motivos para hacer esa excursión y no son menores los que suponen una experiencia al aire libre, la práctica deportiva o disfrutar de la gastronomía de algún establecimiento, pero la razón por la que lo resaltamos aquí es, sobre todo, la de las espléndidas vistas que ofrece su mirador: es asomarse a la barandilla y poder ver el casco antiguo, la inconfundible estampa del Guggenheim, la silueta de la Torre Iberdrola y otros puntos descollantes.

Pero eso no es todo. Otra de las razones para elegir pasar una mañana en Artxanda es el funicular que lleva hasta la cima. En realidad no es obligatorio ni necesario usarlo, pues también se puede subir en coche o incluso andando, pero hablamos de experiencias curiosas y no cabe duda de que ésta lo sería. Su punto de partida es la Plaza del Funicular, cerca del Puente Zubizuri, en la intersección entre las calles Castaños y Múgica y Butrón.

No es una atracción nueva, pues fue construida ya en 1915 con la idea de conectar la urbe con el casino, que se ubicaba precisamente en el monte. aunque se la sometió a una reforma total en 1989. Tampoco se trata de un viaje largo porque sólo recorre 770 metros; eso sí, cuesta arriba, salvando un desnivel de 226,49 metros con una pendiente del 44%. Como cubre esa distancia a una velocidad de 5 metros por segundo, en 3 minutos llega a su destino.

En éste hay un parque con dos grandes esculturas, una de las cuales es una pieza de engranaje del vehículo y otra un monumento en memoria de las víctimas de la Guerra Civil (el funicular fue bombardeado en 1938). El horario es de 7:15 a 22:00 (los festivos abre una hora más tarde) y sale cada cuarto de hora; tiene capacidad para 70 pasajeros. El billete de ida y vuelta cuesta 3,25 euros, aunque hay diversas tarifas.

Imagen: Sannicolasdeugarte en Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0

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Una excursión a la isla balear de Cabrera

viernes, 7 de septiembre de 2018 Comments off

Cuando hablamos de tomar un vuelo a Palma de Mallorca para pasar allí unos días de vacaciones seguro que se nos ocurren mil y un cosas que ver y visitar, desde calas recoletas a grutas naturales, pasando por parques acuáticos, pueblos pintorescos, paisajes de contrastes… Incluso se puede prever dar un salto a otra isla y enseguida apuntamos Menorca, Ibiza o Formentera. Lo que proponemos aquí es ¿por qué no Cabrera?

Es el mayor territorio insular del pequeño archipiélago homónimo, un Parque Nacional Marítimo-Terrestre compuesto por 17 islas e islotes. Cabrera tiene una superficie de 10.021 hectáreas muy bien conservadas desde el punto de vista natural, a decir de los expertos, constituyendo todo un modelo de ello en el Mediterráneo hasta el punto de formar parte de la Red Natura 2000. Aves marinas y otras especies endémicas tienen allí su hogar, quizá aprovechando que no habita ningún humano.

En realidad el Hombre lo visitó a los largo de los tiempos ya desde la Antigüedad, con presencia esporádica de fenicios, cartagineses, romanos y bizantinos, sirviendo posteriormente de base a los piratas berberiscos para atacar la costa de Mallorca; por esta última razón, en el siglo XV se construyó en su suelo un castillo -un macizo torreón- que impidiera el acceso a tan incómodos inquilinos.

Ahora bien, el episodio más célebre e impresionante de Cabrera fue a principios del siglo XIX, cuando sirvió de improvisada prisión para varios miles de soldados franceses hechos prisioneros en la Batalla de Bailén; la mitad de ellos murió por el abandono a que fueron sometidos, a causa del hambre y las enfermedades, por no citar otros motivos más escabrosos.

La familia que luego adquirió la propiedad creó una bodega cuya sede alberga hoy un museo; su exigua arquitectura se amplía con un faro. Después, en 1916, se instaló allí una guarnición militar que usaba la isla para sus prácticas de tiro y así siguió durante décadas, evitando que Cabrera cayera en manos de especuladores inmobiliarios hasta su catalogación como parque por la administración.

Para llegar al puerto de la isla es necesario embarcarse en una de las golondrinas (barcos) que zarpan de los puertos de la Colònia de Sant Jordi y de Portopetro, realizando de paso visitas guiadas. Para asegurarse plaza es recomendable reservar con antelación, pues tratándose de un parque nacional existe una limitación del número de embarcaciones que pueden ir cada día.

Otra opción es contratar una excursión privada, de las muchas que ofertan los hoteles, por ejemplo. Suelen durar entre 3 y 6 horas, incluyendo un paseo por la red de senderos habilitada ad hoc, tioempo para tomar un baño en la icónica Cova Blava, comer y circunnavegar el litoral.

IMAGEN: Chixoy en Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0

Excursión al ibicenco islote de Es Vedrá

viernes, 25 de mayo de 2018 Comments off

A pesar de lo que parezca a priori, un tanto superficialmente, reservar un vuelo a Ibiza no implica necesariamente -o, al menos, no de forma exclusiva- ir en busca de sol, playa y fiestas discotequeras. Es cierto que se acerca el verano, que es cuando esos elementos hacen su agosto, nunca mejor dicho. Pero también lo es que incluso en pleno estío, y no digamos el resto del año, la isla tiene otros atractivos turísticos complementarios cuando no a la misma altura. Un buen ejemplo podría ser el islote de Es Vedrá.

Se trata de un peñón que aflora frente al Cap Blanc, junto a la Cala d’Hort, en el litoral suroeste de Ibiza, formando parte del municipio de Sant Josep de Sa Talaia. Son trescientos ochenta y dos metros de roca casi vertical que en días claros pueden verse incluso desde Formentera y la Península Ibérica, aunque las vistas más interesantes y fotogénicas se obtienen desde la Torre Es Savinar, una atalaya construida en 1763 para vigilar posibles incursiones enemigas y que hoy hace funciones de mirador.

Por sus características, Es Vedrá constituye un rico refugio para la vida marina que hasta tiene especies endémicas, tanto vegetales como animales. Además, numerosas aves anidan allí, por eso el islote está integrado en el Parc de Cala d´Hort i Es Vedrà junto a otros como Es Vedranell (que está justo al lado y es aún más pequeño) y Es Illots de Ponent. En otros tiempos se llevaron cabras -casi medio centenar, para las que la difícil orografía no era problema- pero ya no hay porque se consideraron un peligro para esas especies citadas antes.

En ese sentido, y cosa curiosa, el islote no tiene un único propietario sino que se reparte entre una treintena de ellos que, como se ve, no tienen ningún beneficio directo desde un punto de vista estrictamente económico, salvo el turístico, aunque lógicamente el acceso está prohibido y sólo puede hacerse con el permiso correspondiente; de todas formas no es fácil llegar y la única manera es alquilando un bote (sí se permite navegar en su entorno).

Todavía hay otra cosa que puede interesar de Es Vedrá: las leyendas que circulan sobre el lugar como punto de referencia para observar fenómenos paranormales, con misteriosas luces entrando y saliendo del agua que los más imaginativos identifican con OVNIs, monstruos marinos (incluso hay uno con nombre propio, el Gegant de’s Vedrá, devorador de pulpos) e incluso apariciones marianas como las experimentadas por el carmelita Francisco Palau, que usaba las grutas del islote para su retiro espiritual.

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Toros y vino por Jerez y la provincia de Cádiz

martes, 22 de mayo de 2018 Comments off

Jerez es un nombre con resonancia a vino y toros, por eso no resulta extraño que ambos elementos se puedan juntar durante una visita a esa ciudad una vez se haya visto lo más granado de su oferta turística y monumental. Además permite recorrer buena parte de la provincia de Cádiz y hacerse una idea cercana de su idiosincrasia.

Así pues, decidámonos: busquemos un vuelo a Jerez, alquilemos luego un coche e iniciemos desde esa ciudad lo que se ha dado en llamar la Ruta del Toro, un itinerario por carretera que discurre de norte a sur a través del Parque Nacional de Los Alcornocales. Son 167.767 hectáreas jalonadas por una bella carretera de aproximadamente un centenar de kilómetros que llega hasta Los Barrios travesando hasta 17 municipios y cubierto por bosque autóctono mediterráneo.

La visita a este parque, declarado por la Junta de Andalucía en 1989, permitirá, entre otras cosas vinculadas al aire libre y la naturaleza, contemplar dos especies animales que no tienen nada que ver. Una es el lince ibérico (aunque no está claro si quedan ejemplares o no) como representante de la fauna salvaje que también integran gatos monteses, meloncillos, ginetas, corzos moriscos y una amplísima representación de aves.

La otra, cuya visión está garantizada, es el toro bravo, que da nombre a la ruta. Porque Los Alcornocales tiene múltiples usos y uno de ellos es el ganadero, donde se cría una raza autóctona retinta especialmente apreciada por su carne. Lo mejor es que se puede ver a las reses en su hábitat natural, la dehesa, entre pastos y olivares de la Campiña de Jerez, el Campo de Gibraltar o La Janda.

Algunas fincas organizan espectáculos de doma vaquera y Escuela Española. Otras, dedicadas a la producción vinícola, ofrecen la posibilidad de asistir al proceso de elaboración del caldo típico de la tierra y del brandy. Como además se pasa por preciosos pueblos andaluces no faltará la ocasión de catar la rica gastronomía local en alguna venta típica o fotografiar algún Conjunto Histórico-Artístico como el de Medina Sidonia, por ejemplo.

Si se prefiere centrar la atención en las maravillas que se encontrarán dejándose guiar, también es posible realizar ese trayecto u otro similar contratando una de las diversas excursiones que suelen ofertarse. Sea cual sea la opción elegida, está garantizada la experiencia de inmersión en en el mundo andaluz en general y gaditano en particular.

Imagen: Juan Pablo Zumel Arranz en Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0

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Una excursión a La Gomera desde Tenerife

viernes, 11 de mayo de 2018 Comments off

¿Qué pasa si se reserva un vuelo a Tenerife para las vacaciones pero ya se han visto todos o buena parte de los atractivos de la isla? Pues nada malo porque es de ese tipo de sitios que con una palmada se abre un nuevo abanico de posibilidades y una de ellas podría ser, por ejemplo, saltar a alguna isla vecina para conocerla en una excursión de un día.

En ese sentido, la opción más típica es La Gomera, por aquello de que también es la más cercana y no es necesario recurrir al avión para desembarcar en su suelo; se puede hacer por vía marítima, a bordo de un transbordador, a menudo con el propio coche de alquiler o, si se ha contratado una excursión en alguna agencia, con el todo-terreno de ésta. El vehículo viajará en la bodega pero los pasajeros lo hacen en la cabina ad hoc, indudablemente más cómoda.

El ferry, que zarpa del puerto de Los Cristianos y realiza la travesía hasta el de San Sebastián de La Gomera, hace tres viajes diarios de ida y vuelta. Son dos las compañías que operan ese trayecto (Naviera armas y Fred Olsen Express), cubriéndolo en un tiempo que oscila entre 50 minutos y una hora. Las tarifas varían según la empresa, el horario o la modalidad; también si se va con automóvil, con excursión contratada, si se es residente, si se compra online, etc.-

Una vez en La Gomera hay que calcular el tiempo que se dedicará a ver cada sitio de interés. La capital, San Sebastián, es lo inmediato. Allí tiene algunos rincones fascinantes, como la Torre del Conde (un baluarte defensivo que fue la primera construcción arquitectónica levantada por los conquistadores castellanos), la Casa de Colón (una viviendo donde la tradición dice que se alojó el Almirante durante la parada que hizo en la isla de camino a América) o la Iglesia de la Asunción.

A continuación llegará el momento de internarse en territorio insular, subiendo por la serpenteante carretera que, salvando escarpados barrancos y acantilados, y envuelta en una curiosa combinación de niebla y palmeras, lleva hasta la auténtica joya local, el Parque Nacional de Garajonay, un bosque de laurisilva de 3.984 hectáreas catalogado como Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biosfera. Su cota máxima está a 1.487 metros de altitud y tiene algunas formaciones orográficas icónicas, como el Roque de Agando.

La jornada no debería terminar sin probar la gastronomía local en algún restaurante típico. Además, en algunos se puede asistir a demostraciones de esa curiosa tradición cultural que es el silbo gomero. Finalmente, tras disfrutar de un baño rápido en alguna de las playas que jalonan el litoral de San Sebastián, llegará el momento de tomar el ferry de vuelta a Tenerife.

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Avistamiento de cetáceos en Tenerife

viernes, 13 de abril de 2018 Comments off

Reservar un vuelo a Tenerife lleva implícito casi con total seguridad ir en busca de sol y playa, de buen tiempo garantizado y de ese característico toque algo exótico que tiene la isla. Pero una vez allí, aparte de disfrutar de eso cumpliendo las expectativas, se puede ir un poco más allá y descubrir otras posibilidades de ocio. Una de las más interesantes es el avistamiento de cetáceos.

Se trata sobre todo de delfines mulares y calderones tropicales, especies que residen de forma permanente en aguas tinerfeñas y, consecuentemente, pueden verse a lo largo de todo el año. Asimismo, otras especies -hasta 21- se acercan a esa costa en determinados meses, especialmente entre mayo y junio: rorcuales, delfines moteados, cachalotes…

Todo ello hace que resulte relativamente fácil contemplar a estos animales en su hábitat y que cualquier excursión que se haga para ello termine con éxito casi seguro. Eso sí, hay que saber cuáles son las zonas donde viven y éstas se localizan en la parte suroeste de Tenerife, de ahí que la mayoría de empresas dedicadas a esta actividad sitúen allí sus bases. Los Cristianos, Puerto Colón y Los Gigantes son las localidades de las que zarpan las embarcaciones, que ofrecen a la clientela diversas modalidades de excursión.

Las más cortas duran un par de horas, tiempo necesario para acercarse hasta el punto de avistamiento, permanecer un rato y después regresar. Otras amplían la oferta incluyendo comer a bordo y fondear en una cala para que los pasajeros puedan darse un baño; evidentemente, se hacen con naves algo más grandes y duran una hora más. Y luego están las que llegan a 5 horas y multiplican todo lo anterior, usando los barcos de mayor tamaño. Hay, pues, diversidad: botes, lanchas, balandros a vela, catamaranes…

Estas salidas al mar pueden hacerse en una excursión colectiva, compartiendo embarcación con otros pasajeros, o contratando un servicio privado. Las primeras tienen tarifas entre unos 25 y 70 euros, según la duración, mientras que las otras son bastante más caras, alrededor de 500, al tratarse de algo exclusivo. Es cuestión de escoger la opción preferida o, al menos, la que permita el bolsillo. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que la elegida lleve la bandera Barco Azul que la acredita para ejercer la actividad legalmente.

Es importante tener siempre en cuenta que se trata de animales salvajes y, por tanto, de comportamiento previsible sólo hasta cierto punto. Además, en el avistamiento influyen otras circunstancias como el tiempo, el estado de la mar, el momento del día o la comida disponible, por ejemplo. De ahí la necesidad de cumplir escrupulosamente las instrucciones que se reciban y que incluyen disposiciones como no alimentar a los cetáceos, guardar la distancia exigida -aunque los animales no lo hagan-, navegar despacio y no nadar con ellos.

No es necesario nada más, salvo la crema para protegerse del reflejo de los rayos solares en la superficie marina, una gorra, una prenda de abrigo (algo liviano como una sudadera o chubasquero) y, si se es propenso a mareos, tomarse previamente la pastilla correspondiente.

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Excursión a Ostia, el antiguo puerto de Roma

martes, 3 de abril de 2018 Comments off

Hay mucha gente que piensa que la antigua Roma tenía como defecto fundamental estar aislada del mar, al tratarse de una ciudad interior, y que eso la privaba de todos los beneficios comerciales que conlleva el tráfico marítimo. Sin embargo, eso es una verdad sólo a medias porque el hecho es que la capital del Imperio, y antes de la República, tenía un puerto. Se llamaba Ostia Antica y estaba en el litoral del Mar Tirreno.

Ostia Antica se encuentra a 23 kilómetros de Roma pero desde su mencionado puerto los barcos podían acceder al río Tíber y remontar su curso hasta allí (y viceversa). De hecho, es algo que se hacía desde muy atrás en el tiempo, hasta el punto de que se considera al rey Anco Marcio el fundador desde ese lugar como la que sería la primera colonia romana, allá por el siglo VII a.C. Por entonces el objetivo era más bien militar, protegerse de una posible invasión vía fluvial, si bien el poderío de Roma terminaría siendo disuasorio, por lo que acabó por imponerse el uso comercial.

De esa forma, Ostia fue creciendo. Tiberio engrandeció arquitectónicamente la ciudad y construyó una nueva dársena que luego Claudio mejoró. Más tarde, Trajano mandó ampliar la infraestructura e incluso hacer un segundo puerto, por lo que los ciudadanos del Lacio contaban con varios equipamientos en ese sentido, siendo los dos más destacados los llamados Portus y Centum Cellae (Civitavecchia). Sin embargo, tras un par de terremotos, la caída del Imperio y la llegada del Medievo, Ostia empezó a declinar y la piedra de los embarcaderos se retiró para destinarla a otras construcciones, incluyendo la Torre de Pisa.

En el siglo XIX se iniciaron las primeras excavaciones arqueológicas, que sacaron a la luz buena parte de las antiguas estructuras, y en los años treinta del siglo XX hasta se acometió un programa de restauración que revivió la localidad con el nombre de Lido de Ostia, con playa, carreteras, plazas, barrios residenciales de nuevo cuño, ferrocarril y un balneario. Posteriormente se añadió el Aeropuerto de Fiumicino.

Hablando de aeropuertos, si se toma un vuelo a Roma y ya se conoce o básico de la capital italiana una buena opción podría ser realizar una excursión a Ostia. A pesar de la decadencia experimentada y el saqueo de su patrimonio monumental, todavía tiene un montón de cosas que ofrecer a un visitante: desde el teatro al llamado Foro de las Corporaciones, pasando por viviendas, termas, templos, el thermopolium (una taberna), la Casa de Diana, una fortificación, mosaicos, estatuas…

Hay varias empresas que organizan visitas pero si se prefiere ir por libre hay un tren suburbano que hace el trayecto y el billete no es caro, unos 6 euros. El recorrido por el lugar dura menos de 3 horas.

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Una excursión gaucha desde Buenos Airres a un rancho típico

viernes, 30 de marzo de 2018 Comments off

Es de suponer que quien reserve un vuelo a Buenos Aires seguramente lo haga por razones turísticas y que, dada la larga distancia, probablemente sea la primera vez que visita la capital argentina. Si es así, lo más recomendable es que se centre en descubrir las maravillas urbanas de los barrios tradicionales y el centro, para poder hacerse una idea básica del lugar.

Ahora bien, si el visitante ya conoce la ciudad o tiene previsto estar bastante tiempo, quizá podría probar algo nuevo y diferente que no se circunscribiese a recorrer calles, museos y monumentos. ¿Una sugerencia? Hay muchas posibles, por supuesto, pero en este caso vamos a decantarnos por realizar una excursión de un día al medio rural para visitar una hacienda. Una excursión gaucha, como las llaman allí.

Los gauchos eran los habitantes de las llanuras (no sólo argentinas sino también de los países adyacentes como Uruguay, Bolivia, Paraguay y Brasil), la versión sudamericana de los cowboys estadounidenses. Hábiles jinetes por su dedicación al pastoreo de los grandes rebaños de ganado bovino que pastaban en esos hábitats, se perfilaron como peones rurales abandonanado su seminomadismo a medida que avanzó el siglo XIX pero manteniendo hoy el interés de etnólogos y antropólogos.

Las excursiones a la campiña argentina recorren las pampas en un autobús hasta llegar a la estancia correspondiente (estancia es el nombre genérico que se da allí a los ranchos). Es habitual recibir una bienvenida con viandas típicas (empanadas, vinos…) para después pasar a visitar el sitio y ver cómo es el trabajo diario en el lugar. Ello significa asistir a los cuidados de las reses y dar una vuelta por el campo, bien a caballo, en carruaje o incluso en tractor.

A mediodía se regresa a la casa para comer a base de productos cárnicos a la parrilla, no faltando a buen seguro los chorizos criollos, las salchichas y las costillas. El banquete se remachará con el clásico mate, una infusión de yerbas que puede acompañarse de dulces. Esas horas se amenizarán con un espectáculo folklórico con danzas y canciones entre las que se intercalarán demostraciones de habilidad de los gauchos con las boleadoras (un artilugio que lanzaban para atrapar las reses enganchándoles las patas) y otros ejercicios relacionados con su oficio y la equitación.

Por la noche, al acabar la jornada el autobús lleva de vuelta al cliente a Buenos Aires, a veces con cena incluida. El precio de este tipo de actividades suele incluir todo, desde el transporte a la barbacoa, pasando por el paseo a caballo, las consumiciones, etc. Es toda una experiencia.